Ya no me dueles. Reconozco que sigues ahí, que algunas veces me asaltas en el portal de casa y aún nos veo cruzar la calle borrachos y riéndonos, tú equivocándote de portal….¿llovía? Puede que lloviese esa noche o que sea fruto de mi imaginación.
Recuerdo ese momento en que después de la ducha me volví a meter en la cama, te recuerdo mirándome como nadie me ha mirado antes.
Pero ya no dueles desde que me di permiso a mi misma para llamarte, para decirte todo lo que necesitaba decir. Tuve el teléfono en la mano varias veces, con el número latiendo en la pantalla. Hace mucho que ya no tienes nombre, y mucho más que ya no eres Pantuflas.
Pero de pronto no lo necesité, no quería oír tu voz, no había nada en esa llamada. Todo estaba vacíese número y lo que quedaba entre tu y yo.
Ya no necesito saber que paso, ni quien soy para ti porque ya no estás aquí, no eres más que un recuerdo del que me cuesta desprenderme, pero solo un recuerdo. Y fue fácil, al final fue fácil pensar que ya no estoy enfadada contigo, que no hay nada que rascar ,que quizá nada fue lo que yo pensaba que era porque si fuese así de fuerte, de especial, si moviese las cosas como yo pensaba que lo hacía te habría movido a ti. Y ahora la única sensación que recuerdo de esos días es la ansiedad, el frio clavado en el cuerpo que ya no creo que fuese por la fiebre. Te inventé para mí, pero hay veces que hay que admitir la verdad.
Me di cuenta cuando me escribiste “cuídate caótica” y ya no lo sentí como un apodo cariñoso sino como una frase sin sentido.
Pensaba que yo te había perdido, y ahora sé que fuiste tu el que lo hiciste.
El que te perdiste.
Te perdiste esa otra vida que podías tener, la posibilidad de que fuese tu vida, de sentirte lleno de verdad, de que quizá todo eso que soñabas de pequeño se hiciese realidad.

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